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NO VOLVERÁ A ABRIRSE ESA PUERTA.
SEMBLANZA DE LORENZO OCHOA Lo escuchaba silbar desde que empezaba a subir los escalones hacia el piso amarillo del Instituto. Cuando él abría la puerta de su cubículo, contiguo al mío, yo podía identi-fi car la melodía: a veces Siboney o Vereda tropical, quizás una hebra melódica de un son huasteco pegajoso que quedaba trunco con el “clic” de la puerta de su cubículo o por co-rrer presuroso a contestar el teléfono. Después de unos minutos, se oía cómo cerraba su puerta y abría la del mío en el que entraba invariablemente para saludarme.
Las fórmulas y actos de saludo cotidianos casi siempre eran iguales, pero los lunes, se veían armonizados por el comentario acerca de acontecimientos o sucesos del sábado y domingo: “el terremoto”, “el asesinato”, “la huelga”, “las elecciones”, “la infl uenza”, el latido de la Universidad del que formamos parte desde hace muchos años.
Nunca dejó de lado un último comentario chusco casi siempre asociado con alguna frase de doble sentido que surgía con desenfado durante esos breves y amenos encuen-tros diarios. En ocasiones la ocurrencia nos hacía reír hasta las lágrimas, que él enjugaba con su folclórico e inseparable paliacate, para luego salir del cubículo llevando consigo el último eco de nuestras risotadas. Este rito era el prólogo a las constantes entradas y salidas del día para consultar en mi cubículo el uso de alguna palabra, para que yo leyera un párrafo o una frase de al-guno de sus escritos, o bien para que le permitiera consultar ese magnífi co Dicciona-rio ideológico de Roque Barcia que jamás le obsequié. Le emocionaba obtener la palabra justa, el signifi cado preciso para plasmar una idea completa. Siempre buscaba redactar con corrección, y por lo mismo, recuerdo la revisión implacable por la que debían tran-sitar los trabajos de sus alumnos.
No atino a marcar fechas exactas que me ayuden a ubicar exactamente cuándo em- pezó este ceremonial amistoso con Lorenzo Ochoa, pero fácilmente se celebró por casi veinte años, los mismos que nos encanecieron, haciéndonos demasiado sensibles. Sin embargo, dentro del abrir y cerrar la puerta como acto de ofrenda a esta refrescante ca-maradería cotidiana, también compartimos refl exiones enriquecedoras. En esos momen-tos ambos solíamos ser generosos con nuestro tiempo, pues él expresaba sus ideas con la devoción del antropólogo y del catedrático, en tanto que yo, la mayoría de las veces, lo escuchaba como la más asidua y añosa de sus alumnas, haciendo mías (muy conven-cida desde luego) muchas de sus aseveraciones. Aprendí con él lo que se puede llamar en su más amplio sentido una pasión por las imágenes del mundo prehispánico, desde las plasmadas por manos antiguas sobre un plano visual, hasta aquellas procesadas por la imaginación –muchas veces desbordada– de los estudiosos de una cultura. Ambas formas, dentro de su propio contexto, lo moti-varon a revisar y rectifi car todo tipo de propuestas de interpretación. La mayoría de las imágenes que interesaban a Lorenzo provenían de la costa del Golfo e igualmente los testimonios históricos y la información etnográfi ca. Esta amplia región habitada por pueblos de raíz olmeca, chontales, mayas, totonacos, huaxtecos pro-veería material de estudio al ánimo inquieto de cualquier investigador de las culturas prehispánicas, pero nunca conocí una devoción como la de Lorenzo Ochoa por inda-gar fechas y orígenes; por realizar análisis comparativos, rectifi caciones y re-propuestas acerca de las imágenes. Aún cuando la información parecería sufi ciente, siempre ponía en “tela de juicio” las más serias conclusiones. Muchas veces llegué a creer que se sentía compelido a ser dueño de la última palabra, pero después entendí que nunca quiso caer en esas afi rmaciones que a fuerza de repetirse, acaban por crear una débil “verdad” en torno a hechos antiguos.
Empecé a compenetrarme con el profundo sentido de sus ideas respecto del manejo de las imágenes cuando publicó con Ernesto Vargas aquel artículo en Anales de Antro-pología (1987: 95-114) titulado “Xicalango. Puerto chontal de intercambio: mito y rea-lidad”. Este trabajo sostenía esa tendencia irresistible de notables estudiosos modernos a aceptar “a ojos cerrados” la veracidad de ciertos hechos rescatados del pasado. Algunos testimonios nacen tergiversados, atravesando los años con una realidad a medias. Por lo tanto, la intención de ese artículo era “…dar a conocer ciertas ideas relativas al puerto de Xicalango y desmitifi car algunos juicios que se han vertido respecto a su cronología, identifi cación de su enclave e importancia mercantil desarrollada en los últimos años anteriores al contacto europeo” (Ochoa y Vargas 1987: 96). El artículo hace el análisis de diversas fuentes de información para aceptar o re- chazar la imagen siempre manejada de un antiguo binomio político económico llama-do Anáhuac-Xicalango. Lorenzo y su colega describen el entorno pantanoso del puerto; analizan las imprecisiones cronológicas, así como las circunstancias culturales e histó-ricas antes y después de la Conquista. Investigan el panorama lingüístico y señalan las imprecisiones de las fuentes coloniales. Finalmente descartan la imagen de Xicalango como un puerto de gran actividad mercantil durante la Conquista, con “soldados mexi-canos de Moctezuma” (1987: 109) o como un enclave de avanzada militar ni de mexicas ni de conquistadores. En este tipo de artículo, Lorenzo comprobó el acierto de apoyar la investigación ar- queológica no sólo en el entorno geográfi co-ambiental del sitio y en los datos históricos proporcionados por fuentes documentales, sino también en la comprobación de la tem-poralidad cultural, para fi nalmente integrar la información aportando una imagen real del sitio estudiado.
Un nuevo artículo publicado con Gerardo Gutiérrez en el volumen 33 de Anales de Antropología (1996-99: 91-163), “Notas en torno a la cosmovisión y religión de los No volverá a abrirse esa puerta. Semblanza de Lorenzo Ochoa huaxtecos”, deja claro el camino novedoso que toman las investigaciones de Ochoa y sus colegas, al hacer que confl uyan los aportes de diversos acervos y sus métodos de estudio en la exégesis de las imágenes.
Este trabajo, como explican los autores, resultó “…de la observación y análisis ico- nográfi co de un buen número de representaciones procedentes de la Huaxteca […] pero también del estudio y de la confrontación de las fuentes documentales, así como del con-tenido semántico de un vocabulario del siglo XVIII aunada al manejo de la etnografía del área” (Ochoa y Gutiérrez 1996-1999: 91).
Con la información vertida en este ensayo, los autores proporcionan una visión conci- sa de la cosmovisión huaxteca, de su pensamiento religioso y prácticas rituales heredadas del pasado, conservadas en resabios que se vivifi can en la etnografía actual del área. El hecho de dirigir este ensayo desde el interior de la cultura huaxteca para luego equiparar sus rasgos con los de otros pueblos de la esfera mesoamericana, permite obser-var rasgos culturales poco analizados o casi siempre opacados por la atracción cultural del Altiplano Central. De este modo, surge la imagen de Teem, Diosa de la Tierra adora-da por los huaxtecos, relacionada con las diosas-madres Xochiquétzal y Tlazoltéotl, a su vez identifi cadas con “la tierra, el agua, la luna, la embriaguez, el sexo y el pecado; el na-cimiento, la fructifi cación, la salud, la enfermedad y la muerte” (1996-1999: 115). Igualmente, la presencia de mam, “el abuelo”, Dios de la Tierra y del Rayo, Señor del Año, aún vivo entre los huaxtecos de hoy, evoca los atributos de los bacab y pauahtun mayas. En la cosmovisión huaxteca había un mam en cada rumbo del universo; Muxi, el mam del Paraíso del Este, era el más poderoso.
Al seguir el hilo conductor de Lorenzo hacia las imágenes, detengo con él la mira- da en dos pectorales de concha. El análisis, que se apoya en el vocabulario de la lengua huaxteca de Tapia Zenteno con el fi n de precisar la glosa de algunos términos, da cuenta de la estructura del cosmos, conformado por los mismos elementos que comparten otras cosmovisiones de Mesoamérica: el eje vertical dividido por tres estratos o niveles interco-nectados por árboles sagrados colocados en las esquinas y el centro, a través de los cuales fl uyen las fuerzas cósmicas en un movimiento helicoidal. El nivel intermedio, la tierra, es el mundo de los hombres resultado del ejercicio divino para equilibrar el cosmos. El eje horizontal, por su parte, se concibe dividido en cuatro rumbos que traza el sol al nacer cada día, crecer hacia el mediodía y desaparecer hacia su viaje por el inframun-do, para nacer de nuevo con cada amanecer. En su vocabulario, Tapia Zenteno (1985) traduce los rumbos cósmicos como “vien- tos”. Me pregunto si esta glosa corresponde al concepto ik maya, metafóricamente refe-rido a viento como naturaleza inasible, como aliento o espíritu o bien a kin, “día” como metonimia de tiempo, como sugieren Ochoa y Gutiérrez. De aquí derivan los términos Elelqui “Viento del oriente” (Zenteno 1989, en: Ochoa y Gutiérrez 1996-1999: 105), que a decir de los autores signifi ca literalmente “nace el tiempo”. Ozalqui, “viento del occi-dente”, se refi ere a “entrar o meterse el tiempo” (1996-1999: 106); Tzaylelqui, “viento del norte”, se glosaría metafóricamente como “día de temporal frío” (1996-1999: 106) en tan-to que Quahtalqui, “Viento del sur”, sería el “sol dentro de la matriz”.
Al mencionar estas metáforas relacionadas con la geometría del cosmos, los auto- res traen a cuenta, y desde mi punto de vista, las relaciones oralidad, imagen, elocución y lectura que forman parte integral de la ritualidad mesoamericana, un tema que del que siempre hablé con Lorenzo. Cuatro años después de la publicación del artículo anterior, Lorenzo y yo editamos los trabajos presentados en el IV Congreso Internacional de Mayistas celebrado en An-tigua, Guatemala (Ochoa y Martel eds. 2002). En el volumen que resultó y llevó el nom-bre del simposio, Lengua y literatura mayas, Lorenzo publicó con Alfonso Arellano el artículo “Interacción político-económica entre Xicalango y las Tierras Bajas Centrales vista a través del estudio de sus ofrendas mortuorias”. El artículo retoma las exploraciones que el arqueólogo realizó con sus colegas en el extremo occidental de Campeche, particularmente en el rancho de Santa Rita. Las ex-cavaciones se apoyaron en información proporcionada por dos fuentes documentales: el diario de viaje de fray Tomás de la Torre y el mapa de Melchor Alfaro Santa Cruz de 1579, las cuales permitieron atar cabos de que fue en Santa Rita, a través del río Sierra, en las orillas interiores de la laguna de Atasta cerca del pueblo del mismo nombre, donde se ubicó el antiguo puerto de Xicalango.
Las excavaciones en el sitio permitieron descubrir tres entierros que contenían di- versos objetos mortuorios. Uno en particular, hallado en el Entierro 3, despertó nueva-mente la inquietud de Lorenzo por la cuidadosa lectura de las imágenes. Dicho objeto se identifi có como una espina de mantarraya grabada con carácteres mayas. Aún recuerdo su ansiedad para desentrañar aquel hallazgo. La búsqueda de informa- ción y respuestas consultando fotografías, dibujos, inscripciones, diccionarios y a todo tipo de especialistas. Pidió a Alfonso Arellano su colaboración para proponer una lectu-ra de los cartuchos mayas grabados, y consignó en el artículo la identifi cación del obje-to como una espina de mantarraya (de la llamada raya espinosa, según el paleo-zoólogo del IIA-UNAM) empleada como punzón o perforador de lengua para un autosacrifi -cio ritual.
La espina de mantarraya, así como un colmillo de tiburón también localizado en el Entierro 3 de Santa Rita sugieren a los autores una relación de Xicalango con las tie-rras bajas centrales de los mayas. En particular, debido el colmillo de tiburón plantea una posible interrelación de élites, ya que Martin y Grube (2000: 26, en: Ochoa y Are-llano 2002: 37) encuentran en un “Señor llamado Yax Ehb’ Xook (Tiburón de Primer Paso [¿])” a un representante de la dinastía clásica de Tikal. Son las últimas páginas del artículo (2002: 37) y los autores marcan un signo de interrogación entre corchetes, cuya semiosis establece la postura de Lorenzo ante algunas aseveraciones que otros investi-gadores manejan como una verdad absoluta que se lega a la posteridad. Al año siguiente, publicó en el volumen XXIII de Estudios de Cultura Maya (2003: 33-52) el artículo “La costa del Golfo y el área maya: ¿Relaciones imaginables o imagi-nadas?” En este artículo, Lorenzo Ochoa, demarca el área de estudio que inspiró sus in- vestigaciones y en las que lo convirtieron en especialista: la Costa del Golfo y sus vín-culos con el área maya y con la Huaxteca. Un amplio territorio poco estudiado, cuyo acceso en general ha demandado una investigación etnoarqueológica “riesgosa” debi-da a las condiciones geográfi cas y climáticas que prevalecen (Olaf Jaime, comunica-ción personal). No volverá a abrirse esa puerta. Semblanza de Lorenzo Ochoa En dicho escrito quedaron plasmadas muchas de las premisas que solía compartir conmigo en nuestras pláticas acerca de las interpretaciones de la imagen. Él focalizó sus ideas en dos aspectos que conviven desde el pasado y en el devenir de toda investigación antropológica: la imaginación y la fantasía.
[…] Cuando ignoramos o bien exageramos y tergiversamos la evidencia y vamos más allá al interpretar una identifi cación equivocada, creamos un mundo fantástico sin mayores bases que las que previamente construimos con la imaginación y el dato. Interpretar los datos empíricos sin imaginación, es tan peligroso como construir una explicación a partir de imaginar sin evidencias plenamente identifi cadas. (Ochoa 2003: 33) El umbral al tema de este artículo se establece mediante la observación que hace Piña Chan (1948, en: Ochoa 2002: 34) en torno a una zanja de varios kilómetros que en 1800 se construyó en Jaina por grupos esclavizados para explotar madera, mangle, guano y otros productos. “Esta observación hecha por Piña Chan hace más de 60 años”, seña-la Ochoa, “fue soslayada por diversos investigadores como Ray Matheny y Luis Millet” (2002: 35) quienes han mantenido la sobreexplotada imagen de zanjas como “canales de riego” como un control hidráulico en los cultivos y no como un medio de transporte y comunicación. La imagen de “canales de riego” se ha convertido en una verdad irre-vocable, apoyada de manera muy laxa en fechamientos, cálculos poblacionales, relacio-nes comerciales interregionales y patrones de subsistencia. “[…] de momento”, nos dice Lorenzo, “un razonamiento puede parecer impactante, pero a largo plazo puede cau-sar más retrocesos que adelantos en el conocimiento de los problemas de la arqueolo-gía” (2002: 35).
En este mismo artículo Lorenzo hace una refl exión sobre reglas que deben obser- varse en las interpretaciones de las imágenes obtenidas en una investigación. Y cita a Hanns Prem como ejemplo para reconsiderar “ideas quizá demasiado mimadas” (en: Ochoa 2003: 35) y esta recomendación le permite señalar la necesidad de evitar con-clusiones fáciles, terminantes e irrefl exivas. Por ejemplo: “Confundir presencia con in-fl uencia, semejanza con equivalencia, parecido con correspondencia, son algunas de las causas del estancamiento y aun retroceso en la investigación arqueológica” (2003: 35-36; cursivas mías).
Dicho juego de confusiones es el preámbulo para abordar en el artículo menciona- do las relaciones entre la costa del Golfo y el área maya, situadas en tres momentos, las cuales se inician tras la dispersión de La Venta. Vale la pena citar el cierre de este artí-culo publicado en la revista Estudios de Cultura Maya (2003: 35-54) y que queda como legado para el trabajo de investigación del antropólogo: […] solamente quiero destacar que con frecuencia se borda en el vacío al confundir las cronologías, o bien utilizando como sinónimos presencia e infl uencia o semejan-za y equivalencia […] Los datos aislados son importantes, pero, en tanto no tengan mayor signifi cado de acuerdo con el contexto donde originalmente se situaron, su identifi cación e interpretación pueden inducir una explicación construida a partir de la imaginación, lo cual es caer en la fantasía. Una práctica, por desgracia bastante frecuente en nuestro medio. (Ochoa 2003: 49) En 2006, durante una conferencia al alumnado de la Universidad Veracruzana, Lo- renzo expresó un juicio que he hecho mío más o menos con las mismas palabras (en: Melchor 2006) y ante otros problemas de interpretación relacionados con las imágenes: “En la historia prehispánica la identifi cación iconográfi ca se asume sin analizar la co-rrespondencia entre signifi cado y signifi cante, que a fuerza de repetirse, poco a poco adquiere una suerte de carta de naturalización con la consecuente imposibilidad de re-considerar la primera impresión”.
Todos estos conceptos son el legado del maestro a sus alumnos. Escucho a Olaf Jai- me, a Eladio Terreros, a Katarzyna Mikulska, a Mitsuro Kurosaki evocar lo que siempre escuché por boca de Lorenzo. Su premisa académica, la más persistente, se concentra en la responsabilidad del in- vestigador al afi rmar o califi car las imágenes. Un objeto, un hecho, un signo están sujetos a una interpretación visual cautelosa. Nada es defi nitivo hasta no sustentarlo mediante pruebas irrefutables. Si acaso, el único adelanto permisible para comunicar una inter-pretación como una “verdad” es lo que explícitamente se debe expresar como propues-ta, con todas las posibilidades de ser rectifi cada. Una propuesta debe estar inspirada por una buena dosis de imaginación extraída de los mismos datos, pero nunca dejada fuera de su contexto, ya que el hacerlo se con-vierte en un acto de fantasía.
Recuerdo las refl exiones con Lorenzo cuando estoy frente a las cuatro páginas del Códice Dresde que se han apropiado de mí todos estos años. Sigo creyendo en la fuerza del lenguaje poético del lenguaje ritual, de sus signos, y no en su fonetismo; sin embar-go, tengo la sensación de que todo lo que he expresado acerca de mi propia pasión por las imágenes ha quedado de pronto en silencio. Sé que mañana regresaré a mis cuatro páginas del Dresde; buscaré un sinónimo preci- so para una palabra en el Diccionario ideológico de Roque Barcia; practicaré un nuevo ce-remonial cotidiano durante la semana, pero para mí… no volverá a abrirse esa puerta. Melchor, Fernanda (2006) “Afi rma investigador de la UNAM ‘Fantasea el arqueólo- go’ si no sustenta su campo de trabajo”. Universo. El periódico de los universitarios (Universidad Veracruzana, Xalapa, Veracruz). Año 6, 227 (junio) 19: 1-3.
Ochoa Salas, Lorenzo y Vargas, Ernesto (1987) “Xicalango. Puerto chontal de inter- cambio: mito y realidad”. Anales de Antropología (IIA-UNAM). 24: 95-114.
Ochoa Salas, Lorenzo y Gutiérrez, Gerardo (1996-99) “Notas en torno a la cosmovisión y religión de los huaxtecos”. Anales de Antropología (IIA-UNAM). 33: 91-163.
No volverá a abrirse esa puerta. Semblanza de Lorenzo Ochoa Ochoa, Lorenzo y Martel, Patricia, eds. (2002) Lengua y cultura mayas. México, IIA- Ochoa Salas, Lorenzo y Arellano, Alfonso (2002) “Interacción político-económica entre Xicalango y las Tierras Bajas Centrales vista a través del estudio de sus ofren-das mortuorias”. En: Lorenzo Ochoa y Patricia Martel (eds.) Lengua y cultura ma-yas. México, IIA-UNAM: 13-37.
Ochoa Salas, Lorenzo (2003) “La costa del Golfo y el área maya: ¿Relaciones imagina- bles o imaginadas?”. Estudios de Cultura Maya (IIF-CEM-UNAM). 24: 35-54.
Tapia Zenteno, Carlos de (1985 [1767]) Paradigma apologético y noticia de la lengua huasteca. Ed. de René Acuña. México, UNAM, Imprenta Universitaria.

Source: http://iberystyka.uw.edu.pl/pdf/Itinerarios/vol-12/2010-12_01_Martel-Semblanza.pdf

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